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¿Cómo construimos nuestro identidad como docentes?

Desde las últimas décadas, la noción de identidad docente se ha desarrollado como como una nueva área de investigación en el mundo (Beijaard, 2000, 2004). Ésta, ha captado la atención de muchos académicos quienes se han interesado por estudiar nuestro rol y expectativas docentes, para generar nuevas formas de comprensión y conocimiento que permita apoyar los procesos de enseñanza. Desde esta premisa, se ha comenzado a comprender la identidad docente no como “algo con lo que uno nace”, que es determinado o viene dado. Sino más bien, que se va adquiriendo y conformando a lo largo de toda la vida, a través de las relaciones con los padres, amigos, alumnos, hermanos, profesores, instituciones, etc. Además, estos académicos concuerdan con la idea de que la identidad no es un atributo fijo, sino que es un proceso que se construye, desde la interpretación que realizamos sobre nosotros mismos y también desde el reconocimiento que otros hacen de nosotros y nuestro trabajo como docentes, en un contexto determinado. Por ende, todas las experiencias que nos pasan, juegan parte importante en la comprensión que vamos desarrollando sobre nosotras como docentes. Nuestra identidad se va conformando a partir de estas diversas experiencias.

Desde lo expuesto anteriormente, podemos comprender que nuestra identidad docente no sólo se conforma a partir de las imágenes que la sociedad genera, sobre lo que una profesora debe saber, decir y hacer, sino que también respecto al cómo, nosotras profesoras nos definimos o proyectamos a nosotras mismas, desde los diversos roles que realizamos en los espacios educativos. La conformación de la identidad profesional docente, es un proceso que conlleva y pone en juego diversos conocimientos; como el conocimiento afectivo, la enseñanza, relaciones humanas, el conocimiento de asignaturas, entre muchos otros.

Sin embargo, no debemos olvidar que para comprender cómo conformamos nuestra identidad también debemos poner atención a nuestra historia y experiencia de vida. Por ello, creo importante no olvidar que somos mujeres y que a partir de este posicionamiento podemos ir comprendiendo nuestra historia como docentes. Por otro lado, según un gran número de investigadores, para comprender el cómo comienza a conformarse nuestra identidad docente, la biografía juega un papel crucial para entender cómo construimos nuestra identidad y nuestra práctica en el aula. Ellos insisten en que no podemos desligarnos de nuestro pasado socio histórico y personal, para comprender el cómo enseñamos. En este sentido, Crow (2004), sugiere que los orígenes de nuestra identidad docente, se encuentra en los modelos docentes que tuvimos como estudiantes en nuestras experiencias educativas anteriores, en los recuerdos de la infancia acerca de aprendizajes, actividades educativas y modelos familiares.

Desde estas investigaciones, quisiera invitarlas a pensar en el proceso que cada una vive en relación a la conformación de su identidad docente. Para ello sería favorable comenzar con aquello sugerido por Crow anteriormente, y mirar nuestras propias experiencias como estudiantes mujeres, para ir comprendiendo cómo nos hemos ido conformando como profesoras. Si este autor nos propone que parte de la imagen que proyectamos como docentes, del cómo queremos ser y que así otros nos vean, concuerda o nos recuerda a quienes fueron nuestros profesores, entonces reflexionemos respecto a ello. ¿Qué profesores en nuestra etapa como estudiantes, se transformaron en aquellos modelos que marcaron nuestro camino como profesoras?, ¿Qué formas de enseñanza o metodologías realizaban estos docentes, que nos llevan a repetirlos y creer que es una forma efectiva de aprendizaje?

Sin duda alguna, mirar nuestro pasado y reflexionar respecto a nuestra experiencia como estudiantes escolares y/o universitarias, es una forma para comenzar a comprendernos y ser conscientes del cómo conformamos parte de nuestra identidad docente. Realizar este ejercicio es una invitación que planteo para no quedarnos al margen de aquello que “otros dicen respecto a nuestra identidad como profesoras”, y ser nosotras conscientes y protagonistas de este proceso que se formula y reformula a lo largo de toda la vida.

¿Qué significa e implica la reflexión docente?

Reflexionar sobre nuestra práctica docente es un aspecto que hoy en día adquiere mayor relevancia, ya que permite enriquecer nuestra labor educativa para no transformarla en actos repetitivos y rutinarios. Construir nuestra identidad como docentes es un proceso de aprendizaje relacional y la reflexividad es un aspecto que contribuye enormemente a ir conformando, comprendiendo y negociando nuestra identidad. Como menciona Anna Richert (1993), los profesores también somos aprendices y aprender es un proceso constante en nuestra práctica profesional. Aprendemos desde las experiencias con nuestros estudiantes, de aquello que enseñamos y del cómo lo hacemos. Cada día se nos presentan nuevos desafíos y enfrentarlos desde la reflexividad ayuda a dar sentido a nuestro quehacer docente. Estos importantes aspectos comenzaron a promoverse con John Dewey (1989) y Donald Schön (1992, 1998), quienes situaron al docente como un profesional y práctico reflexivo. Frente a esto pregunto, ¿cómo profesoras desarrollamos una práctica reflexiva?, ¿somos conscientes de las acciones que hacemos diariamente tanto con nuestros alumnos como también en el proceso de planificación y evaluación? Para dar respuesta a estos cuestionamientos quizás sería conveniente primero explicar qué entendemos por reflexividad y cómo podemos enfocarla en nuestra práctica docente. La reflexividad es la capacidad de conversar con nosotras mismas para dar sentido a nuestras experiencias. Es decir, preguntarnos qué hacemos y cómo lo hacemos para conectarlo con nuestras dudas, miedos, objetivos y deseos. En este sentido según Dewey, los profesores pueden examinar su práctica y aprender de ellos mismos en el proceso de reflexionar sobre su rol docente, ya que construye un conocimiento sobre la enseñanza y su trabajo como docente. Así también, Schön ha acentuado que mientras los profesores describen, analizan y realizan inferencias sobre las diversas situaciones que ocurren en el proceso educativo, crean sus propios `principios pedagógicos ́.

Por otro lado, soy consciente que si bien, como docentes, todos los días nos enfrentamos a situaciones que nos exige reflexionar sobre nuestras experiencias, es difícil encontrar espacios para detenernos a pensar. Comprendo que nuestro labor diario es muy demandante por los estudiantes, apoderados, superiores, etc. A pesar de ello, quiero invitarlas a comprender que la reflexividad profesional no significa “detenerse a pensar”. Más bien implica una actitud alerta y dispuesta para no dejar que las cosas y situaciones nos pasen por delante sin percatarnos.

Observo dos formas que pueden ayudarnos a practicar la reflexividad de manera cotidiana en nuestra labor como docentes. La primera y más importante es ser conscientes de nuestro rol y nuestra forma de estar en la escuela. Esto implica en primer lugar preguntarnos por quiénes somos y cómo somos, para que desde este lugar seamos docentes perceptibles. Es decir, que desde nuestra posición como mujeres docentes estemos abiertas a escuchar lo que sucede a nuestro alrededor para ser conscientes de ello, y comprender qué nos ocurre a nosotros con esas experiencias. A medida que estamos despiertas ante lo que nos rodea, nos damos cuenta que somos parte de ello y que por ende, podemos cuestionarlo. Estar conscientes de lo que decimos, lo que enseñamos y cómo lo enseñamos nos permite preguntarnos por nuestra práctica y poder mejorarla.

Por último, además de desarrollar la reflexividad desde el acto de ser conscientes y perceptibles, creo importante poder compartir estas experiencias con otros. Hablar con los compañeros sobre lo que hacemos como docentes, compartir dudas, frustraciones, proyectos, cómo nos sentimos y qué pensamos, nos ayuda a verbalizar y generar un conocimiento sobre nuestra práctica. Al mismo tiempo, compartir estas experiencias nos permite escucharnos a nosotras mismas y cuestionarnos para buscar nuevas estrategias y metodologías.

Desde estos dos caminos invito a que activamente podamos enfrentar nuestra labor docente con una actitud crítica y reflexiva, que nos permita ser consciente de las decisiones que tomamos y ser ejemplo de ello para nuestros estudiantes.

Referencias

  • Beijaard, D., Verloop, N., & Vermunt, J. D. (2000). Teachers’ perceptions of professional identity: An exploratory study from a personal knowledge perspective. Teaching and Teacher Education. 16, 749–764.
  • Beijaard, D., Meijer P.C., Verloop, N. (2004) Reconsidering research on teachers’ professional identity. Teaching and Teacher Education. 20, 107–128.
  • Goodson, I. (2004) Historias de vida del profesorado. Barcelona: Octaedro.
  • Dewey J. (1989) Cómo pensamos. Nueva exposición de la relación entre pensamiento reflexivo y proceso educativo. Barcelona: Paidós.
  • Richert, A. (1993) Voice and Power in Teaching and Learning to Teach. En Reflective Teacher Educator. Cases and Critics. En Valli, L. (Ed.) Reflective Teacher Educator. Cases and Critics. (pp. 187-197) New York: University of New York Press.
  • Schön D. (1998) El profesional Reflexivo. Cómo piensan los profesionales cuando actúan. Barcelona: Paidós.
  • Schön D. (1992) La formación de profesionales reflexivos. Hacia un nuevo diseño de la enseñanza y el aprendizaje en las profesiones. Barcelona: Paidós.